De modelos matemáticos y epidemiología

Expertos en epidemiología y en Salud Pública realizan una revisión por los principales hitos de la pandemia. “Nunca habíamos tenido una epidemia con tanta información tan cerca del momento que sucedía”, destacan.

(Las fuentes consultadas fueron entrevistadas en abril, por lo que la provisionalidad de las conclusiones de los expertos debe tenerse en cuenta).


Una persona lee en su televisor una noticia sobre un bulo/ Arancha Frías

Arancha Frías, Jerez de la Frontera – 25 de mayo de 2020

“Después de asombrar al mundo con sus conocimientos sobre pandemias, tests y estudios de seroprevalencia, ahora muchos de mis colegas de profesión son especialistas en planes de desescaladas. Mientras, los médicos y científicos reconocen que saben poco del virus”, criticó Lucía Méndez Prada, redactora jefe de Opinión de El Mundo, en su cuenta personal de Twitter.

Tuit de Lucía Méndez

Y es que la Sars-CoV-2 ha sacado a relucir un gremio profesional desconocido. Los epidemiólogos y expertos en Salud Pública se han inmiscuidos en nuestras vidas, consiguiendo que nos adecuemos a su vocabulario, a su ámbito de actuación e incluso a sus tecnicismos, es raro encontrar a alguien que no sepa a estas alturas lo que significa la R-0. Toda la parrilla televisiva, emisoras de radio y periódicos se han volcado en mostrarnos el campo de la epidemiología. Tanto es así que nos hemos acostumbrado a su presencia, a verlos en pantalla, e incluso algunos como Fernando Simón se han transformado en ídolos de masas.

Pero si hay algo que los han convertido en imprescindibles es la honestidad académica con la que responden a todas las preguntas. Ética profesional, quizá u honestidad personal. Este es un virus nuevo, desconocido, que se ha investigado y continúa investigándose sobre la marcha y ese motivo requiere más que nunca de ese principio de prudencia, esa contención a la espera de datos objetivos que ha conseguido que los epidemiólogos se hayan convertido en figuras esenciales en los medios de comunicación. Se hacía necesario escuchar un “no puedo responder a eso”, porque era la honestidad que la sociedad española necesitaba en tiempos de caos. Establecer un orden sincero.

Pedimos datos, hechos, pero lo cierto es que lo primero que debemos entender es que esta especialización, está compuesta por expertos honestos que no temen decir un “no lo sé”, porque la epidemiología es un campo de incertidumbre. Una incertidumbre que ha provocado también un interesante debate entre las comunidades científicas mundiales: desde el Imperial College London en Reino Unido al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), en España.

Una de las hipótesis que más ha florecido en la comunidad científica es la posibilidad de que el coronavirus tenga menor incidencia en los climas cálidos y húmedos, lo que provocaría una reducción de los índices de transmisión del virus en los meses de verano con la llegada de las altas temperaturas o incluso acabar con la propagación de la pandemia. Y es que algunos virus presentan un patrón estacionario que se ve beneficiado por las temperaturas. Sin embargo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha negado la misma, “exponerse al sol o a temperaturas superiores a los 25º C no previene la enfermedad por coronavirus”, recoge el apartado de preguntas y respuestas sobre el coronavirus. La OMS advierte de que se puede contraer la Covid-19 “por muy soleado o cálido que sea el clima”.

Fuera de la comunidad científica, algunos políticos hicieron causa con esta idea. El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump llegó a afirmar en febrero que el Sars-CoV-2 “desaparecerá en abril”. El presidente garantizó que “el calor, en general, mata este tipo de virus” y que por tanto para ese mes el virus estaría erradicado en Estados Unidos. Y es cierto que algunas enfermedades respiratorias como el virus de la influenza (gripe) remiten en primavera. Sin embargo, el coronavirus es un virus desconocido y a estela del tiempo pasado, y como clamaban los expertos, Trump debería haberse sometido a esa norma de precaución que impera en la epidemiología.

Entonces, ¿cómo afecta la temperatura a la transmisión del virus?

Luis Carlos Abecia, Doctor del Departamento de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Facultad de Farmacia de Vitoria-Gasteiz sostiene que “son preguntas sin respuesta conocida”. El epidemiólogo afirma que este hecho, requiere estudiar varios factores como: “¿Cómo afectan los cambios climáticos al virus causante de la epidemia? o ¿Realmente se va a producir una segunda o, incluso, sucesivas oleadas?”.

En la misma línea apunta el profesor del Máster de Salud Pública de la Universidad Pompeu Fabra, Lluís Camprubí: “Una de las incógnitas de este virus es su estacionalidad… no sabemos aún si con el calor o la humedad del verano decaerá o no. Hay retales de evidencia que lo sugieren y también hay otras evidencias (como la aparición de brotes en ciudades cálidas) que lo desmienten. Desafortunadamente no es posible afirmar nada es ese sentido lo que añade incertidumbre al futuro”, recalca.

En España el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, Fernando Simón, constató el 28 de abril que es “difícil” comprobar si el virus se va a ver afectado por la climatología. “Hasta que no tengamos claro cómo evolucionan otros países con climas similares o diferentes no vamos a saberlo”, afirmó. No obstante, recalcó que esta hipótesis cada vez tiene “más respaldo”. “Hay algún asunto meteorológico que sí parece indicar que las zonas con características climatológicas determinadas podrían tener una menor transmisión, pero todavía es complicado valorarlo, si bien estas hipótesis parece que están teniendo un poco más de respaldo”, señaló.

Dos días más tarde, el 30 de abril, el ministro de Sanidad, Salvador Illa, reconoció que no había “evidencia científica concluyente”. El ministro añadió que “es verdad que algunos coronavirus se comportan con el calor de una forma que remite el contagio, no sobreviven en buenas condiciones con esas características. Ojalá sea el caso de este virus, pero aún hay muchas cosas que desconocemos”, afirmó.

La realidad es que se desconocen los efectos que la temperatura o la humedad tienen sobre el virus. La epidemia de SARS de 2002-2003, comenzó en el invierno del hemisferio norte y acabó en julio de 2003. Sin embargo estos obtuvieron los picos máximos de contagios en mayo y el final de la epidemia no se produjo hasta julio. Como destaca National Geographic, esto refleja “simplemente el tiempo requerido para la contención del virus en lugar de un efecto del clima en la transmisión de este”. “La proximidad de climas más cálidos puede reducir la transmisión viral en el hemisferio norte, pero es altamente improbable que el clima en sí pueda acabar con la epidemia en expansión”, expone la publicación.

Descartada la opción de que los climas cálidos puedan acabar con la epidemia, algunos investigadores españoles destacan que es “precipitado” dictaminar que el verano pueda ayudar a contener el virus.

En una revisión exhaustiva de publicaciones divulgada en la revista Investigaciones Geográficas, llamada ‘¿Influyen tiempo y clima en la distribución del nuevo coronavirus (SARS CoV-2)?’ los expertos del CSIC y de la Universidad de Málaga llegan a la conclusión de que: “resulta claramente precipitado, por no decir incorrecto, asumir la hipótesis de que su distribución actual (de la Covid-19) está en pseudoequilibrio con el clima”. “El que se observe una relación estadísticamente significativa” entre temperatura y la incidencia de la Covid-19, señalan, no implica que exista una “relación directa causa-efecto entre ambas variables”. Dicha relación subrayan puede estar mediada por otros factores como “la distribución, densidad y movilidad de la población”. Los investigadores añaden: “nuestros hallazgos sugieren que, sin medidas efectivas de control, fuertes brotes son probables en climas más húmedos y el verano no limitará de manera significativa el tamaño de la pandemia”.

Según el catedrático de Medicina de la Universidad Pompeu Fabra y Exdirector Científico de  y fundador del Instituto de Salud Global de Barcelona (ISGlobal), Josep M. Antó, la respuesta a esta hipótesis no se conoce “porque es nuevo este virus, y no se sabe cómo se comporta”. El catedrático llega a preguntarse “imagínate que el virus sea sensible a la temperatura ambiental, entonces, ¿a qué temperatura, a la de la calle o a la del interior de los edificios?”, cuestiona.

CAPÍTULO II: “El coronavirus es una gripe”

La creencia inicial sostenida por Donald Trump, entre otros, de que el comportamiento de este virus era similar a una gripe, también se extendió en la sociedad española. La sintomatología, y el cuadro clínico parecían ser semejantes cuando se descubrieron los primeros casos de coronavirus. Las fiebres de más de 38 grados de temperatura, la tos y los dolores de garganta provocaban que los enfermos en China –el lugar germen del virus- fuesen diagnosticados con gripe. En total desde el 6 de octubre de 2019 al 21 de enero de 2020, 640 personas fueron diagnosticadas con influenza (gripe). Sin embargo, como recoge el estudio ‘SARS-CoV-2 detection in patients with influeza-like illness’ publicado en Nature Microbiology y liderado por Man-Qing Liu, trabajador del Centro de Wuhan para la Prevención y Control de Enfermedades, las 640 muestras de garganta tomadas como parte del Plan Nacional de Vigilancia de la Influenza en China fueron analizadas posteriormente y denotaron que nueve muestras dieron positivos por PCR cuantitativa comercial, de SARS-CoV-2. Como recoge el estudio estos datos sugieren que “la transmisión comunitaria del SARS-CoV-2 en Wuhan comenzó a principios de enero de 2020”.

Pese a ello, una vez que el mundo descubrió este nuevo coronavirus y tras conocerse los primeros fallecidos, el virus siguió comparándose con la gripe. En España, los expertos consideran que quizá fue un error banalizar la Covid-19 como una gripe. Los mensajes de la clase política tranquilizando a la población minimizaron el riesgo, un discurso que la sociedad acabó comprando por su propia serenidad. Los mensajes de “España está preparada”, o “hemos de estar tranquilos” se repetían desde el gobierno. Carmen Calvo o María Jesús Montero no cesaban de repetirlo en la rueda de prensa celebrada el 25 de febrero tras finalizar el Consejo de Ministros. Los gobiernos autonómicos también defendían esta idea. La consellera de Salud mallorquina, Patricia Gómez, afirmaba que: “el coronavirus es aún más leve que la gripe”.  Tras conocerse el primer caso de contagio en La Gomera el 31 de enero, el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, Fernando Simón anunció: “creemos que España no va a tener como mucho más allá de un caso diagnosticado y esperemos que no haya transmisión local y, si la hay, que sea muy limitada y controlada, pero trabajamos en todos los escenarios posibles, que son los mismos que se pudieron plantear en 2009 con la gripe”. Sin embargo, a medida que el director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS) Tedros Adhanom Ghebreyesus, reincidía en que el coronavirus “no es la gripe”, los dirigentes fueron agravando su discurso para concienciar a la sociedad del riesgo del contagio de coronavirus. “Mi mensaje a cada uno de estos países es: esta es vuestra ventana de oportunidad. Si actuáis agresivamente ahora, podéis contener este virus. Podéis evitar que la gente enferme. Podéis salvar vidas. Así que mi consejo a estos países es que se muevan rápidamente”, señalaba el director de la OMS el 27 de febrero.

Ante este llamamiento, el 29 de febrero, Simón endurecía su discurso y reconocía que: “el coronavirus no es grave, pero no es banal y si los casos tienen factores de riesgo es posible que alguno fallezca”.

La concienciación de la sociedad empezó a denotarse a medida que aumentaban la cifra de contagios y de fallecidos y ese convencimiento de la similitud del coronavirus a la gripe fue desapareciendo paulatinamente.

“Yo creo que caló porque los políticos le tienen pánico y alergia al miedo de la población, y siempre minimizan el riesgo. Entonces en las primeras etapas para que no cundiera el pánico,  dijeron: el 80% de la población pasa una gripe banal. Tranquilos es como una gripe. Pero el problema no es este 80%. El problema es que el 20% tiene una enfermedad muy grave. Esta es una infección respiratoria grave en términos poblacionales”, sostienen algunos epidemiólogos.

Lluís Camprubí, afirma que “fue una comparación nefasta y ciertamente tuvo su impacto en la banalización y por lo tanto también en la demora de la toma de decisiones drásticas. Sabemos -e intuíamos al principio- que es más letal y severo, que es más transmisible y lo más relevante, que al ser un virus nuevo no existía nadie inmune, por lo tanto en ningún sentido es comparable a la gripe. Solo por principio de precaución jamás se debió usar esa comparación”. El experto señala que: “seguramente por parte de las voces públicas que reforzaron esa idea primó una voluntad de tranquilizar a la población frente a lo desconocido y por lo tanto de no generar preocupación, y por parte de la gente que compró la idea seguramente influyó la necesidad de reforzar esa creencia que aquí estamos a salvo, y que ese tipo de riesgos afectan a otros lugares pero aquí no nos afectan (…) Quizás también hubo algunas personas que querían situar que la gripe era algo ya preocupante y que merecería más nuestra atención. Pero en ese caso, incluso cabría la reflexión… si ya se considera grave el impacto de una gripe… ¿Realmente queríamos relativizarlo asumiendo o añadiendo otra epidemia más?”, reflexiona.

Para Luis Carlos Abecia, esta idea se extendió por dos factores. “En primer lugar sus similitudes epidemiológicas y clínicas (los dos se transmiten por vía aérea, los dos afectan al aparato respiratorio). Por otro lado, todos recordamos otras epidemias anteriores como la del SARS (otro Coronavirus) o la llamada gripe A”.

CAPÍTULO III: Modelos matemáticos

Una vez se reconoció que el virus no era una gripe, comenzaron a tomarse medidas ante el avance de la curva epidémica. La salud comenzaba por quedarse en casa. La fácil transmisión de un virus tan altamente contagioso como el coronavirus tomaba tal velocidad que el presente se queda obsoleto en un abrir y cerrar de ojos. Cualquier medida política, con el paso de las horas parecía claudicar contra el SARS-CoV-2, hasta que como clamaban los microbiólogos, Pedro Sánchez decretaba el estado de alarma de todo el territorio español durante 15 días, para tratar de atajar la expansión del virus. Una medida que se adoptaba en una semana en la que todo cambió a pasos agigantados. Si el domingo se celebraron por toda la geografía española actos multitudinarios como el 8-M con el visto bueno del gobierno que veía la situación controlada, el viernes siguiente en un nuevo giro de los acontecimientos, Pedro Sánchez, adelantaba el confinamiento de los españoles, a través de la anunciación del estado de alarma. Si el domingo 8 de marzo se realizaban además actos políticos como el de Vox en Vistalegre o cinco partidos de fútbol únicamente en Primera División, ese mismo jueves, -cuatro días después de que se celebraran estos actos-, el director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus, en otro giro de los acontecimientos, anunciaba que el brote del Covid-19, podía clasificarse como pandemia. Una decisión que precipitaba la celebración del segundo de los tres Consejos de Ministros desarrollados en esa semana y que terminaba con el presidente del Gobierno recomendando a las comunidades autónomas que decretaran el cierre de los colegios, todavía en la fase de contención reforzada contra la Covid-19. Hasta que finalmente se decretó el estado de alarma recogido en el artículo 116.2 de la Constitución Española. Tras un debate intenso en el seno del Gobierno de coalición de más de siete horas, el tercer Consejo de Ministros extraordinario celebrado esa semana aprobaba el estado de alarma durante al menos quince días, a través del Real Decreto de 14 de marzo, recogido en el Boletín Oficial del Estado (BOE).

Sánchez anunciaba las siguientes medidas:

Infografía realizada por Arancha Frías

Desde aquel 14 de marzo hasta ahora se han producido un total de 27.118 fallecidos en nuestro país, y más de 237.000 casos.

Sin embargo esta cifra está siendo investigada por la justicia en la búsqueda de “los datos fiables” de defunciones. El Ministerio de Justicia de Juan Carlos Campo envió a todos los registros civiles del país instrucciones para que contribuyan a la contabilidad real del número de fallecidos por el virus en nuestro país.

Si se confirma que el número total de fallecidos es mayor a la cifra conocida, ese vaivén de datos tendría su influencia en la fiabilidad de las proyecciones que ofrecían los modelos matemáticos  utilizados desde el gobierno. Como indicó el catedrático de Medicina Preventiva y Salud Pública, Francisco Bolúmar para El País, “tenemos varios problemas y uno de ellos es la calidad de la información que manejamos”. Según el catedrático: “Las predicciones se basan en modelos matemáticos y estos se sustentan en los datos que se les aportan. Pero hay varias comunidades que no los suministran de forma regular y exhaustiva al ministerio. Quizá nos estemos manejando solo con el 60% de los datos que deberíamos tener”, un hecho que ya en pleno crecimiento exponencial de la curva de contagios provocaba que la fiabilidad de las proyecciones descendiese.

Pero, ¿qué modelos matemáticos se han utilizado para modelar la evolución de la epidemia y qué influencia tiene la calidad de los datos en el mismo?

María Ángeles Dueñas Rodríguez, matemática de la Universidad de Cádiz especializada en estudios epidemiológicos, recoge que los modelos que generalmente se emplean son modelos de predicción. “Según las características que tengan los pacientes predicen qué probabilidad tienen de que puedan sufrir coronavirus o no”. Las variables que podrían tener en cuenta estos modelos serían: “las características de personas, variables clínicas, y en función de esas características podrán predecir si tienen más riesgo o no de contagiarte de coronavirus o no, y también predecir la prevención de fallecimientos, si tienes más riesgo de fallecer o no”.

La Sociedad Española de Salud Pública y Administración Sanitaria (SESPAS), contabiliza al menos cuatro modelos matemáticos de predicción disponibles en España. Entre ellos: el Modelo del Instituto Universitario de Matemática Multidisciplinar de la Universidad Politécnica de Valencia. “La información publicada corresponde a los resultados obtenidos de un modelo SIR (susceptible, infectado, recuperado), agregando las información de todas las Comunidades Autónomas”, destacan. También subrayan el Modelo de la Universidad Rovira i Virgili y la Universidad de Zaragoza, que se detalla en un artículo firmado bajo el título: ‘A mathematical model for the spatiotemporal epidemic spreading of COVID19’. “Es un modelo muy complejo, con tres grupos de edad (hasta 25; 26-65; más de 65) y que combina un total de 17 parámetros distintos”, señalan. También recogen el Modelo de ZZ Data Labs, el cual es un “modelo basado en Inteligencia Artificial que incluye la movilidad entre municipios basada en datos históricos INE (antes del confinamiento) y tiene en cuenta 3 escenarios de confinamiento (ausencia, medio, total). Tienen una aplicación interactiva para ver los datos de cada municipio en la que se estiman los casos e ingresos hospitalarios por municipios a 10 días”. Por último, destacan el Modelo de la Universidad Politécnica de Cataluña. “El modelo y las predicciones se basan en dos parámetros: la velocidad a la que se ralentiza la velocidad de propagación específica y el número final de casos acumulados esperados. Ajustan el modelo a países y regiones con al menos 4 días con más de 100 casos confirmados y una carga actual de más de 200 casos con previsiones de hasta 3 días”.

Los epidemiólogos reivindican que las autoridades deben dar a conocer qué modelos están empleando. Josep M. Antó es uno de ellos. El experto reivindica que los modelos empleados deben publicarse. “No los vemos, no son públicos. Esto es un problema”. Antó subraya que el otro problema “es que hay muy pocos grupos de investigación en el país que tengan experiencia larga en el modelo matemático de epidemias infecciosas. Muy distinto de Inglaterra donde hay distintos grupos que llevan muchos años trabajando en esto”.

El experto destaca que, aunque asumamos que los modelos están bien hechos, estos dependen en primer lugar de la calidad de los datos que se insertan. El catedrático reconoce que es escéptico con la calidad de estos: “¿Hasta qué punto estos datos reflejan la realidad? Sabemos que no reflejan la realidad, y sabemos que probablemente estén lejos de la realidad. La tendencia es subjetiva”, recalca. Asimismo, enfatiza que “la calidad de los datos de mortalidad no la conocemos”, por lo que las predicciones realizadas pueden resultar seriamente afectadas.

Antó señala que estos modelos “suelen funcionar bastante bien para reflejar periodos de tiempo cortos.  Como lo que va a pasar mañana depende mucho de lo que pasó ayer y antes de ayer y el otro, estos modelos pueden funcionar razonablemente si los datos son de suficiente calidad. Para medir lo que va a pasar dentro de un mes, o qué va a pasar dentro de unos meses, estos modelos tienen mucha incertidumbre”. El catedrático resalta que “para interpretar los modelos hay que interpretarlos partiendo de la incertidumbre, cualquier modelo que presente estimaciones precisas y no muestre la incertidumbre, para mí es incorrecto”. De acuerdo a ello, esa horquilla de incertidumbre –que se calcula teniendo en cuenta la probabilidad de error y los intervalos de confianza de los cálculos matemáticos- afectaría a la fiabilidad de las proyecciones. El experto enfatiza que “la incertidumbre dificulta mucho el uso de los modelos” aunque considera que los modelos “pueden servir para dibujar el mejor y el peor escenario”. Además, destaca que los modelos “han servido para algo muy importante que es para convencer a algunos políticos y que se pusieran las pilas, como sucedió en Inglaterra”.

“Yo trabajé creando un sistema de información en España que se llama SEIT o SIT, que es un Sistema Estatal de Información sobre Toxicomanías, y este sistema funciona registrando las muertes, los ingresos en urgencias y las primeras visitas. Me pasé casi 10 años haciendo investigación sobre este tipo de indicadores. Lamentablemente los datos que tenemos sobre la Covid-19 son de baja calidad y para los que nos dedicamos a la epidemiología, hoy hay más que ayer menos que mañana… me parece que la información que se proporciona está lejos de la realidad”, recalca el epidemiólogo. “El otro problema importante es que con estos datos comparar entre países es prácticamente imposible, porque no solo no reflejan la realidad de un país, sino que lo que reflejan es distinto en cada país. No depende de cómo evoluciona la epidemia, sino que dependen de las camas de hospital que tienes disponible, de los test que haces o de la calidad con la que registras los casos”, evidencia.  

El médico especializado en Medicina Preventiva y Salud Pública, Josep Lluís de Peray, subraya que considera que los modelos “están basados en algunos supuestos de la dinámica de la evolución de la epidemia en China y también en Singapur y Corea donde va más avanzada la evolución con los datos de predicción”. De Peray destaca que el principal elemento que impide obtener una adecuada fiabilidad en las proyecciones es que “nunca habíamos tenido una epidemia con tanta información tan cerca del momento que sucedía”.

CAPÍTULO IV: Muestreo epidemiológico

Tras alcanzar el pico de la curva epidémica en la primera semana de abril, el debate en el campo de la epidemiología mutó a comentar cómo debía producirse la denominada “desescalada”. Ese debate denotó un consenso en la clase científica. La desescalada debería producirse realizando un estudio a nivel estatal y “liberando” a los territorios como máximo a nivel provincial y como mínimo de acuerdo a las áreas geográficas con su servicio de salud.

El gobierno dispersó el debate. La desescalada pasaba por la realización de un muestreo epidemiológico para conocer el impacto del virus en la población española. Según Salvador Illa, este proyecto serviría para “conseguir una radiografía sobre la pandemia en nuestro país”. Se sometieron a este test 60.983 personas de 35.893 hogares de todas las autonomías. Los resultados de la primera ronda del estudio de seroprevalencia denotaban que únicamente un 5% de la población se ha contagiado por el virus, es decir, 35 de millones de españoles no son inmunes, lejos del 50-60% de anticuerpos que los epidemiólogos resaltaban que se necesitaba. Esta baja tasa de prevalencia, demuestra que el potencial de contagio de este virus es muy alto, y que el modelo de “inmunidad de rebaño” por el que algunos científicos apostaban no es útil. “Casi 30.000 muertos para conseguir un 5% de inmunizados es un coste brutal”, destacan algunos expertos.

Josep M. Antó, previamente a conocerse los datos del estudio, subrayaba dos tipos de dificultades en la muestra. “El primer problema es la muestra en sí. Estamos utilizando muchos datos a nivel de país que son un promedio grosero, porque por ejemplo más del 70% de los casos en España están concentrados en Cataluña y en Madrid. Lo lógico sería comparar regiones o áreas teniendo en cuenta un denominador, es decir, la población”. El epidemiólogo recalca que el estudio se debería quizá realizar “incluso a lo mejor con estimaciones a nivel de los barrios de una ciudad”. “Si lo que obtenemos son medias para áreas muy grandes, sin tener en cuenta la heterogeneidad, entonces los resultados serán poco útiles para gestionar la salida de la epidemia. Quiero decir que la situación entre Barcelona y Gerona podría ser muy distinta. Si la prevalencia de infección no es precisa a nivel de provincia o de ciudad, o para algunas áreas como en Igualada en Cataluña, entonces va a ser muy aproximado lo que se haga”, destaca. “Para mí no tiene sentido generalizar a nivel nacional. Lo que yo quisiera es que cada área geográfica con su servicio de salud pública, tenga una buena estimación de su área”, era la apuesta del experto.

Lluís Camprubí consideraba que era “razonable”, considerar que un 5% de la población estuviese contagiada, con las primeras estimaciones que se hicieron y que con los datos del ministerio quedaron consolidados.

CAPÍTULO V: Incógnitas

El SARS-CoV-2, también plantea tres incógnitas y factores que la comunidad científica tendrá que analizar: cómo ha afectado el envejecimiento de la población española en este virus; el ‘efecto residencia de ancianos’ y su incidencia en que España sea el segundo país en tasa de mortalidad por el virus, es decir, que sea el segundo país con más número de muertes dividido por el total de la población; y por otra parte, ¿cabe la posibilidad de que se produzca una segunda ola de contagios?

Josep M. Antó afirma que todavía se desconoce si el envejecimiento de la población es un factor que explique la tasa de mortalidad de España. “Yo creo que esto todavía no lo sabemos. Lo que sí sabemos con seguridad es que la letalidad del virus -número de muertes dividido por el total de casos positivos de Covid-19- está directamente asociada a la edad. De hecho, la letalidad del virus se debe a primero a que produce neumonía, y luego produce distress respiratorio del adulto. Esto se puede deber a otras causas, no solo al Covid. Es una causa bastante importante de muerte por infección respiratoria y se asocia mucho a la edad. Y por lo tanto a zonas más envejecidas, más muertes. Yo creo que esto tiene que explicar una parte importante de la variación de la letalidad”, destaca.

De Peray afirma que “lo que sabemos es que cuando están confinadas estas personas no desarrollan la enfermedad y cuando se sale a los supermercados estamos expuesto a contraer la infección. El confinamiento es un arma muy importante”.

Por su parte, Lluís Camprubí sostiene que esta cuestión está generando “un debate de hipótesis muy interesante” entre la comunidad científica. “Siempre teniendo en cuenta que está impactando en tiempos diferentes en los países por lo tanto las comparaciones también sufren el sesgo del momento de la curva. Es difícil pero las comparaciones no deben pensarse estáticamente”, señala. “La densidad de población nos puede explicar parte de las diferencias entre territorios. Y ciertamente, ese mayor contacto, tocarse, hablarse cercanamente que parece que practicamos los españoles (comparado con otros países que interactúan con más distancia social) es una hipótesis interesante explicativa, pero yo de momento no he visto ningún estudio o evidencia que lo sustente”, recalca.

Otra consecuencia derivada de la SARS-CoV-2, es el ‘fenómeno residencias de ancianos’. “Ahí tienes comunidades cerradas de gente muy vulnerable por edad a morir. Yo creo que esto es parte del problema. Cuando comparemos letalidad entre países vamos a tener que contar esto de dos maneras distintas. Tendremos que hacer estudios ajustando el denominador de la edad de los casos y por otro lado separar el efecto de las residencias” subraya Josep M. Antó.

Si bien es cierto que las dos primeras incógnitas deberán estudiarse con posterioridad a la pandemia, la respuesta a la posibilidad de se produzca una segunda ola de rebrote de Covid-19 la ha despejado la OMS.

La directora de Salud Pública de la OMS, María Neira, en una entrevista para la radio catalana RAC-1, afirmó que los modelos con los que trabajan van descartando “cada vez más” una segunda ola de rebrote fuerte de coronavirus en otoño.

“Hay muchos modelos que avanzan muchas probabilidades. Hablan desde un rebrote puntual hasta una ola importante, pero esta última posibilidad cada vez se va descartando más. Estamos mucho mejor preparados en todos los ámbitos”, recalcó.

CAPÍTULO VI: Refuerzo de los sistemas de vigilancia epidemiológica

El resultado final de esta pandemia es la necesidad de reforzar los sistemas de vigilancia epidemiológica. Todos los entrevistados recalcan que es imprescindible fortalecer y aumentar la dotación presupuestaria para posibles pandemias.

Josep Lluís de Peray destaca que “tristemente las crisis sanitarias lo que pone de manifiesto es la necesidad de la baja apuesta general de los gobiernos por los servicios de Salud Pública, porque estos también forman parte del Sistema Público de Salud, y tienen que tener una financiación suficiente. Una de la parte de estos servicios son los de Vigilancia Epidemiológica y la Capacidad de Respuesta. Por recuperar un poco la historia más reciente, ya nos pasó con la epidemia de las vacas locas, y el tema del SARS, y claro si los sistemas de vigilancia epidemiológica no se mantienen suficientemente dotados y con capacidades tecnológicas, y con personas que están trabajando, sufre. Siempre que hay una crisis puede ser una oportunidad, para reflexionar sobre esto”, subraya.

Lluís Camprubí afirma que “la necesidad de preparedness como dicen en inglés, parece una de las lecciones necesarias a aprender. Deberían dotarse de más capacidad los sistemas de vigilancia epidemiológica, estatales, europeos, y globales, y especialmente que aumentara su coordinación e intercambio de información, entre los distintos niveles y con otras áreas”.

En la misma línea se sitúa Luis Carlos Abecia, este sostiene que “lo que se debe potenciar es la capacidad de autoabastecimiento rápido para cuando llegan estas situaciones”.

“Bill Gates lleva 10 años diciendo que había que prepararse para esto”, subraya Josep M. Antó.

“Por ahora y hasta que se encuentre una vacuna, destaca, nos vamos a tener que habituar al uso de las mascarillas”, destaca De Peray. “Este virus ha mostrado una cosa que otros no han mostrado, que es la enorme contagiosidad. Será un elemento de protección y también va a conferir unas dimensiones psicológicas, nos vamos a sentir más seguros”, subraya. “Con lo efusivos en España en las relaciones personales, será interesante ver cómo evoluciona. Lo mejor es que mantengamos una prudente distancia”, recoge.

Sergio Romagnani, profesor emérito de la Universidad de Florencia ya indicaba en marzo que la vida tras el coronavirus será “mucho más complicada y mucho menos bella”. “El impacto económico se notará intensamente, de forma generalizada pero con desigual distribución, de forma que el empobrecimiento general pesará también en el ánimo individual y colectivo. Lo más incierto, es la tensión en la sociedad que se puede imaginar al alargar esta situación… puede aparecer una cierta belleza en el ánimo colectivo si domina la voluntad comunitaria y conjunta para salir de ésta, o pueden romperse algunas costuras sociales y quedar una sociedad y una convivencia menos bella si aparecen fugas de repliegue”, culmina Lluís Camprubí.

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