OPINIÓN

El daño de un bulo

Javier I. M. Sevilla – 05/06/2020

A lo largo de este estado de alarma, hemos visto el efecto que tienen las noticias falsas en la sociedad. Siempre han estado ahí, pero con la llegada de una nueva situación excepcional, llega nueva información. Y, lógicamente, es normal que intentemos aprender lo máximo posible ante algo como un virus, que es potencialmente dañino para nuestra salud. Pero como ya sabemos todos, la información no siempre es fiable.

Imaginad a una persona de a pie. Un ciudadano como cualquiera de nosotros. Recibe un mensaje de Whatsapp que le cuenta que el coronavirus es un invento de un laboratorio chino, y que se expandió con intención de infectar a todo el mundo para después vender mascarillas fabricadas en China, y enriquecerse de esa forma. Esa persona puede creerlo o no, con todas las consecuencias que siguen a cada elección. Lo que sería raro, visto lo visto hoy en día, es que esa persona se molestase en usar su valioso tiempo para cotejar la información recibida. Y, realmente, no sé si puedo culparle.

Todos sabemos que la información no es fiable. Lo tenemos tan metido en la cabeza que ya no sabemos qué creer. Ni siquiera las cuentas gubernamentales son del todo exactas con la información, ya sean del gobierno actual o de los opositores. Si sumas el desinterés de la población por informarse a la difícil tarea de conseguir información fiable, obtienes un hábitat perfecto para el cultivo de bulos. Y el coronavirus es la guinda del pastel.

He visto infinidad de noticias falsas sobre el virus desde que empezó la pandemia. Algunas que podían tener parte de verdad. Otras, parecían bromas satíricas. Y todas ellas venían de personas que se las creían de forma honesta y sin intención de hacer daño a nadie. Pero por desgracia, hacen daño. Y mucho. Se hacen daño a ellos mismos, en el caso de que decidan beber lejía para combatir el virus, o cuando piensan que tienen “anticuerpos” que les protegen. Le hacen daño a la sociedad cuando deciden no creerse que exista el virus siquiera, y salen a la calle despreocupadamente, sin mascarilla ni respetando la cuarentena. Y le hacen daño a los profesionales del periodismo que intentan ayudar en informar a los ciudadanos. Claro que, en muchos casos, los propios culpables de difundir noticias falsas son los propios “profesionales” del periodismo.

Lo peor de todo esto es que sigo sin poder culpar a las personas que se niegan a perder horas a diario para cotejar información. La situación excepcional multiplica el numero de información recibida, y comprobar tantos datos puede pasar factura a la salud mental. Los que difunden estos bulos por puro interés económico, político o por falta de profesionalidad, en cambio, son los verdaderos culpables de sacar provecho de una población asustada y con necesidad de información. Y, aunque todos tengamos algo de culpa en la difusión de noticias falsas, los periodistas deberíamos ser la solución. Quizás los periodistas no nos demos cuenta de lo importante que es nuestra labor. O quizás, los beneficios sean mayores. En cualquier caso, el daño es devastador.

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